Comienzo dos días antes.
Con James, de Fisher Panda habíamos estado investigando si
el problema de sobre temperatura podría deberse a una falla del boost relé.
Hasta ese momento no había dado resultados en ese sentido,
porque días antes había hecho una medición de continuidad sobre los bornes que
él me había indicado y el relé estaba OK.
Desde hacía tiempo mi sospecha estaba orientada hacia otro
punto. El 23 por la noche no resistí la duda y desarmé la bomba de agua de mar
del generador, mientras Fidel estaba en el pueblo comprando accesorios para una
modificación del circuito de agua de los inodoros. Le pedí a Fernando una mano
para revisarlo. Una vez desarmado tomé una foto del rotor, porque no tenía
acceso directo desde el frente. En la foto ví cómo aparecía la madre del
borrego: de seis palas de goma sólo quedaban dos. El rotor estaba roto, por
ende no enfriaba ni al motor ni al generador. Solamente sucedía que el
generador lo detectaba antes en la medición de la temperatura de los bobinado y
detenía al grupo electrógeno.
Una vez hecho el diagnóstico cerramos todo, a cenar y a
dormir.
El domingo desperté con las baterías agotadas, las heladeras
paradas por el propio automatismo que ellas poseen, el inversor bloqueado por
baja tensión, sin viento para el eólico y poco sol.
En definitiva, crisis energética total.
Sin dudar arrancamos el motor, levamos anclas y nos fuimos a
la marina Porto Imperial donde luego de negociar con Betty con los tres niveles
de jerarqía que allí había sometí la decisión de qué hacer a votación de todo
el grupo. Nos quedábamos o nos íbamos silbando bajito a un lugar más barato.
Desde ya que el lugar no justificaba un precio que triplicaba a Punta del Este
en temporada alta y más que triplicaba el costo de una marina en Portofino pero
era el mejor con mejores instalaciones y
mejor acceso al pueblo.
Entre todos hicimos una vaquita, para pagar el día de amarra
sin tener que dejarles el barco como pago.
El 25 a la mañana partíamos con una demora porque el
Placidez II había perdido el motor del bote auxiliar e intentarían buscarlo.
Partimos a las 10:00 sin tres de los veleros que tratarían de seguir con la
búsqueda un rato más y sin el Tango que se quedaba a la espera de un
tripulante.
Partimos sin ruta definida y como no me gusta andar sin
rumbo traté de trazar una ruta tentativa lo más directa posible pensando que
era lo que haríamos. Pero no fue así, al principio la fuí corrtigiendo con el track,
pero a poco me dí cuenta que la intención de Salvochea era llevarnos detrás de
él como patitos encolumnados disfrutando de cada recoveco de una ruta sinuosa
entre islas e islotes. En verdad si no es de la mano de alguien que conoce, se
tarda mucho tiempo y a veces cuesta disgustos descubrir las cosas lindas de la
vida.
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