Partimos a las 15:00 con pronóstico de vientos suaves del sudeste que virarían al sur antes de que tuviéramos que virar el Cabo Frío.
Mar sereno, y olas suaves pasamos una noche tranquila, salvo una sorpresita que nos tenía deparada una red que se nos enganchó sin detener la marcha del barco.
Al día siguiente, mientras amarrábamos a la poita que nos habían cedido, vimos que por detrás de la popa asomaba "una gruesa cola que nos acompañaba". Era un cabo de polietileno azul de una mena de aprox 22 mm. Rápidamente con Alejandro nos dispusimos a revisar el casco pero ahí advertí que no había traído ni luneta, ni "macacao". Grave omisión, fue así que bajo una lluvia de injurias de parte de mi amigo, procedí a abrigarme con abundante ropa de invierno para sumergirme a ciegas. Ya tenía la experiencia de sumergirme en aguas frías de invierno en el Río de la Plata para desenredar un cabo, sin más equipo que un té caliente, mucho azucar, pullovers, medias y bolsitas de polietileno en los pies.
No hizo falta, me acordé que tenía una nueva camarita igual a la que tenía Miguel cuando desenredó la red del Placidez en Paranagua
( ver 9 de Junio - La red del Placidez II)
Armamos un robot, pudimos inspeccionar el casco por debajo, y una vez que supimos desde dónde tirar pudimos quitar el cabo sin dificultad, para luego inspeccionar el timón y la hélice.



Mar sereno, y olas suaves pasamos una noche tranquila, salvo una sorpresita que nos tenía deparada una red que se nos enganchó sin detener la marcha del barco.
Al día siguiente, mientras amarrábamos a la poita que nos habían cedido, vimos que por detrás de la popa asomaba "una gruesa cola que nos acompañaba". Era un cabo de polietileno azul de una mena de aprox 22 mm. Rápidamente con Alejandro nos dispusimos a revisar el casco pero ahí advertí que no había traído ni luneta, ni "macacao". Grave omisión, fue así que bajo una lluvia de injurias de parte de mi amigo, procedí a abrigarme con abundante ropa de invierno para sumergirme a ciegas. Ya tenía la experiencia de sumergirme en aguas frías de invierno en el Río de la Plata para desenredar un cabo, sin más equipo que un té caliente, mucho azucar, pullovers, medias y bolsitas de polietileno en los pies.
No hizo falta, me acordé que tenía una nueva camarita igual a la que tenía Miguel cuando desenredó la red del Placidez en Paranagua
( ver 9 de Junio - La red del Placidez II)
Armamos un robot, pudimos inspeccionar el casco por debajo, y una vez que supimos desde dónde tirar pudimos quitar el cabo sin dificultad, para luego inspeccionar el timón y la hélice.


Un cabo en el camino
Durante el viaje de Rio de Janeiro a Buzios recorrimos una zona con gran cantidad de redes y espineles. Una de ellas quedó trabada en el timón del Santalocura sin tocar la hélice. Probablemente debió haberse enganchado en el quillote alado y tensarse hasta zafar. Por suerte la tensión o la propia hélice lo cortó sin que se enrede en ella y pudimos seguir viaje. Lo que sigue es la inspección con una cámara subacuática de como estaba y como quedó luego de ser quitado.

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