Cuando
Carlos anunció que en diez minutos zarpábamos a Zeus pareció molestarle y nos
mandó un incómodo saludo de despedida, rachas de viento y lluvia, pero nada que
a la flota retendría en la gateras; uno a uno fuimos saliendo en
columna. Con el Santa fuimos los últimos junto al Tango y la Fragata
Argentina. Pronto el viento cayó y tuvimos una navegada normal. Avisos de
paso al través de las costeras mediante, vino la cena, la rueda de
informes que le pasamos a Carlos con la posición, rumbo y velocidad y la
primera guardia nocturna. Todo salió de manual y sin recordatorios a ningún
tripulante. Así siguieron hasta el final. Lo que más recuerdo que después de
las guardias de Fidel era cuando se desayunaba y se cenaba. Eso no estaba en el
orden del día sino en el de la historia.




